Infidelidad
Forenses
- ¿Y dónde dices que apareció el pene del desgraciado?
- En una caja de salmones frescos.
- ¡Jajaja! - la carcajada fue acompañada de un movimiento algo brusco que hizo que su bata, blanca como las nubes, ondease sobre un viento imaginario.
- ¿Y quién dices que era exactamente?
- Nadie, un tipo barriobajero, en su ficha dice que vivía en la zona antigua de Usera, cerca de lo que llaman el Alí-Costo.
- ¿Y que hizo para que se lo cargaran? - un chorro de un líquido amarillo y maloliente salpicó las gafas protectoras del forense cuando este deslizó el bisturí por el bajo vientre del difunto.
- Parece que el tío tenía cierto gusto por la gerontofilia.
- ¡¿Qué?!
- Que se lo hacía con la madre de su mujer.
- ¡Joder! Pues para tirarse a mi suegra hay que tenerlos como balones de nivea.
- Mira, a ver si me sale un truco que vi el otro día por la tele.
Sobre las manos enguantadas en látex descansaba un riñón no muy grande y con aspecto enfermo. El forense más joven cerró una de sus manos sobre él y lo acercó a la cara del otro.
- Lo ves ¿no?
- Si
- Pues sopla - su compañero lo hizo.
Una bola marrón salió disparada de la mano del médico y rebotó contra la pared, para estrellarse contra el suelo con un sonido como el que hacen los huevos al romperse.
- Vaya, parece que la prestidigitación no es lo mío.
Ambos colegas siguieron con su labor charlando sobre el próximo partido del Atleti y porqué iba a ganar gracias a su nuevo refuerzo.
Noelia
Atravesó una puerta roída y que olía a meados y subió por la escalera metálica. Cada paso sonaba como un trueno. Una nueva puerta, esta vez bien cuidada y limpia, apareció ante ella. Un suave empujón hizo rechinar los oxidados pernos. Las paredes estaban pintadas de un blanco liso que la luz rojiza del lugar tornaba rosado. En el suelo de la habitación que tenía enfrente cuatro o cinco muchachos utilizaban un alambique a guisa de pipa, el característico olor hizo que Noelia descubriera pronto qué fumaban.
A la izquierda había otra puerta, estaba entreabierta. Noelia la abrió y ante sus ojos apareció la temida escena.
- ¡Maldito pervertido!¡Bastardo hijo de puta!
Su marido se levantó desnudo de un salto mientras la madre de Noelia se cubría con las sábanas. El brillo del metal en la mano de la mujer hizo que los pelos de Juan Andrés se erizasen como escarpias. Con un movimiento felino, casi de un salto, Noelia atravesó la sala y de un tajo limpio y certero hizo saltar el pene, aún erecto, de su marido por la ventana del cuarto.
Los dolores hicieron que Juan Andrés sufriera unas convulsiones horribles, ante tal espectáculo cualquiera hubiera jurado que practicaba algún tipo de ejercicio de contorsionismo. Los gritos de la madre ahogaban incluso los del pobre desdichado. La hemorragia era abundante y la muerte casi segura, pero Noelia quiso asegurarse. Sujetándolo con las dos manos, hundió el cuchillo en la parte trasera del cráneo de Juan Andrés. Verle retorcerse era para ella un motivo de animación.
- ¿Y dónde dices que apareció el pene del desgraciado?
- En una caja de salmones frescos.
- ¡Jajaja! - la carcajada fue acompañada de un movimiento algo brusco que hizo que su bata, blanca como las nubes, ondease sobre un viento imaginario.
- ¿Y quién dices que era exactamente?
- Nadie, un tipo barriobajero, en su ficha dice que vivía en la zona antigua de Usera, cerca de lo que llaman el Alí-Costo.
- ¿Y que hizo para que se lo cargaran? - un chorro de un líquido amarillo y maloliente salpicó las gafas protectoras del forense cuando este deslizó el bisturí por el bajo vientre del difunto.
- Parece que el tío tenía cierto gusto por la gerontofilia.
- ¡¿Qué?!
- Que se lo hacía con la madre de su mujer.
- ¡Joder! Pues para tirarse a mi suegra hay que tenerlos como balones de nivea.
- Mira, a ver si me sale un truco que vi el otro día por la tele.
Sobre las manos enguantadas en látex descansaba un riñón no muy grande y con aspecto enfermo. El forense más joven cerró una de sus manos sobre él y lo acercó a la cara del otro.
- Lo ves ¿no?
- Si
- Pues sopla - su compañero lo hizo.
Una bola marrón salió disparada de la mano del médico y rebotó contra la pared, para estrellarse contra el suelo con un sonido como el que hacen los huevos al romperse.
- Vaya, parece que la prestidigitación no es lo mío.
Ambos colegas siguieron con su labor charlando sobre el próximo partido del Atleti y porqué iba a ganar gracias a su nuevo refuerzo.
Noelia
Atravesó una puerta roída y que olía a meados y subió por la escalera metálica. Cada paso sonaba como un trueno. Una nueva puerta, esta vez bien cuidada y limpia, apareció ante ella. Un suave empujón hizo rechinar los oxidados pernos. Las paredes estaban pintadas de un blanco liso que la luz rojiza del lugar tornaba rosado. En el suelo de la habitación que tenía enfrente cuatro o cinco muchachos utilizaban un alambique a guisa de pipa, el característico olor hizo que Noelia descubriera pronto qué fumaban.
A la izquierda había otra puerta, estaba entreabierta. Noelia la abrió y ante sus ojos apareció la temida escena.
- ¡Maldito pervertido!¡Bastardo hijo de puta!
Su marido se levantó desnudo de un salto mientras la madre de Noelia se cubría con las sábanas. El brillo del metal en la mano de la mujer hizo que los pelos de Juan Andrés se erizasen como escarpias. Con un movimiento felino, casi de un salto, Noelia atravesó la sala y de un tajo limpio y certero hizo saltar el pene, aún erecto, de su marido por la ventana del cuarto.
Los dolores hicieron que Juan Andrés sufriera unas convulsiones horribles, ante tal espectáculo cualquiera hubiera jurado que practicaba algún tipo de ejercicio de contorsionismo. Los gritos de la madre ahogaban incluso los del pobre desdichado. La hemorragia era abundante y la muerte casi segura, pero Noelia quiso asegurarse. Sujetándolo con las dos manos, hundió el cuchillo en la parte trasera del cráneo de Juan Andrés. Verle retorcerse era para ella un motivo de animación.
